La adultez, los amigos y la muerte.
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| Crecer, evolucionar. |
Tengo el presentimiento de que la adultez colisionó sin previo aviso en mí.
No sé en qué momento sucedió, pero sé, casi con exactitud, cuándo yo lo noté.
Un velorio fue el delator principal. La noticia de la muerte de la abuela de un gran amigo cayó tan pesada como esperada para él y su familia.
El sentimiento de adultez comenzó a hacerse presente cuando el mensaje de otra amiga llegó.
"¿Vas al velorio de la abuela de Maxi?" Sin titubeos respondí afirmativamente. ¿Cómo no iba a asistir?
Le envié un mensaje a mamá, dejándole saber lo que ocurría y avisándole que no iba a estar en casa cuando ella volviera del trabajo.
Fue cuando lo noté. El tan temido "¿Ma, puedo ir?", se convirtió en "Ma, voy".
Toda la secuencia posterior no fue más que una escena típica de mujer adulta, preparándose entre bocados de almuerzo y maquillaje.
La escena siguiente se sentía irreal.
Un largo y sentido abrazo en una sala velatoria, él destrozado y yo intentando con anhelo transmitirle aunque sea un poco de mis fuerzas y tranquilidad, un poco de paz.
Anteriormente ni siquiera había asistido a más que un velorio, acompañada por mi familia por supuesto. Había pasado de ser excluida de ese tipo de eventos a ser partícipe de un velorio que afectaba única y directamente a un amigo mío, un velorio en el que mi familia nada tenía que ver.
Entre charlas y risas distractoras tomamos café puro y charlamos de nuestras responsabilidades. Indagamos sin mucha idea sobre la muerte y lo que –suponemos– hay después de ella. Maxi me dijo que me veía como una profesora, y yo olvidé decirle lo mucho que él había crecido y cómo se había convertido en un auténtico hombre.
¿Me veré yo también como una mujer? Porque ya me siento como una, pero dudo que físicamente luzca como tal. Quizá la estatura y el rostro redondo no me ayuda a verme precisamente mayor.
La tarde se hizo casi noche y volví a casa en colectivo.
Me pregunto si regresé siendo la misma, si después de ese día todo continuó igual.
Yo no pude evitar sentirme como mi mamá por un momento.
Tengo el recuerdo de tener diez años y verla salir apresurada al hospital porque una de sus amigas había perdido un hijo.
Se subió a la moto de otra amiga y juntas fueron directo al hospital, con la única finalidad de acompañar a aquella agónica madre, de estar ahí para ella. Recuerdo mirar la situación un tanto alucinada. Ver lo rápido que se levantó de la cama, lo poco que lo pensó y salió de la casa. No olvido pensar lo maravillosa que me parecía la rapidez y la determinación con la que todo ocurría. Y lo mucho que a mí me faltaba para crecer y poder accionar de la misma manera ante una emergencia.
Supongo que crecer es esto.
Los años pasan y nos vemos más propensos a sufrir pérdidas, a transitar momentos importantes y determinantes para nuestra vida.
Gracias a Dios, con la adultez también viene la libertad de correr a los brazos de un amigo cuando nos necesite, sin pedir permisos ni medir obstáculos.
Con la adultez llega la incondicionalidad absoluta y la esperanza de tener un amigo a nuestro lado cuando los días se nos tornen grises, coloridos o neutros.
28/05/23, 22:51hs. En casa, escuchando Taylor Swift.

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